3er Domingo de Pascua del Año A

Publicado: May 4, 2014


Obispo Taylor

Si Dios está siempre en todas partes, ¿por qué tenemos lugares especiales de encuentro: Iglesias, capillas y santuarios donde está presente en modo especial? — ¿y días especiales, como Jueves Santo, Viernes Santo y el Domingo de Pascua? ¿No está Dios presente completamente e infinitamente en los bosques, en las cimas de las montañas y en tu casa?

¿No está presente en cada puesta del sol, cada mañana cuando te despiertas y, como recordaremos con gratitud el Día de la Madre de hoy en ocho días, siempre cuando una mujer da a luz? Si Dios está siempre en todas partes, ¿por qué son algunas cosas sagradas y otras no? ¿Por qué son sagrados ciertos días y otros días no?

En el Evangelio de hoy que aconteció el mismo día de la Pascua, hay dos discípulos de Jesús caminando las siete millas desde Jerusalén hacia su pueblo de Emaús, lo que tomaría tal vez un par de horas. Y al caminar, Jesús se les acercó y empezó a hablar con ellos, pero no lo reconocieron.

A saber, en esos momentos sacramentales cuando la gracia de Dios nos abre los ojos y el corazón para un encuentro más profundo con él personalmente — para así experimentar su presencia sanadora y vivificante en nosotros. Todos los sacramentos se centran en el encuentro con la misericordia de Dios y es ese encuentro que nos abre el corazón que hace que un sacramento sea un sacramento.

Estuvo presente con ellos, pero no se dieron cuenta. Eran discípulos, así que le habrían visto muchas veces, pero su visión ocular no les reveló su presencia. Jesús les explicó por qué el Mesías tuvo que sufrir una muerte brutal e injusta, y por qué Dios lo resucitaría de la muerte, y que era por eso que las mujeres encontraron vacía su tumba esa mañana. Les mostró lo que dice la Biblia, pero fíjense: la Escritura a solas no fue suficiente para abrirles los ojos.

Claro que ya estaba allí, realmente presente, pero no se dieron cuenta. Fue sólo al pronunciar la bendición y partir el pan y luego dárselo, fue eso lo que se les abrió los ojos para ver la presencia de aquel que ya había estado con ellos todo el día, y entonces se les desapareció.

Fíjate, él estaba más realmente presente al partir el pan, que cuando estaba caminando con ellos y explicándoles las Escrituras, no por algo en él, sino debido a algo en ellos: la gracia de Dios operante en ellos por medio de la Eucaristía para abrirles los ojos a su presencia sacramental, haciéndolo así — él que siempre está en todas partes — haciéndolo más realmente presente en ese momento que antes ... en el sentido más completo de la palabra.

Y ahora que podían reconocerle al partir el pan, no les era necesaria su presencia física, así que se desvaneció. Y es por eso que Dios está más realmente presente en los sacramentos y en todo sagrario, que en el bosque o en la cima de una montaña. ¡Y hasta también en la lectura y discusión de las Escrituras, tomadas en sí mismas!

A saber, en esos momentos sacramentales cuando la gracia de Dios nos abre los ojos y el corazón para un encuentro más profundo con él personalmente — para así experimentar su presencia sanadora y vivificante en nosotros. Todos los sacramentos se centran en el encuentro con la misericordia de Dios y es ese encuentro que nos abre el corazón que hace que un sacramento sea un sacramento.

Y esto vale por todos los sacramentos, incluyendo la confirmación. Pero también es cierto que para que ese encuentro tenga su efecto completo, nosotros tenemos que abrir nuestros corazones a Jesús — a Jesús realmente presente a nosotros — para hacer que nosotros también nos hagamos más realmente presentes a él.

Y si lo haces, ¡tu vida se cambiará para siempre! Lo mismo que a los dos discípulos a quienes les abrió los ojos esa primera Eucaristía después de su resurrección, y quienes luego regresaron a Jerusalén corriendo para contarles lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.