2026 — Filosofía I

Quinn Thomas, Iglesia del Santísimo Sacramento, Jonesboro

Atiende la Casa de Formación en Little Rock

Si me hubieras preguntado qué quería ser cuando era pequeño, tal vez antes de los ocho años, te hubiera dicho que sería cirujano. Si me preguntabas por qué, te habría informado amablemente que los cirujanos ganan la mayor cantidad de dinero (por lo tanto, ¿por qué querría hacer otra cosa?).

Desde entonces, he aprendido que una buena decisión es predicada en hacerse las preguntas correctas. Cuando llegué al segundo grado, varias cosas estaban sucediendo dentro de mí, al mismo tiempo para causar un cambio en mi visión del mundo, de mí mismo y de mi futuro.

Fue en ese momento cuando comencé a notar la enorme disparidad entre lo que el mundo me decía sobre lo que debía hacer o cómo debía actuar y lo que el Señor tenía que decir al respecto. Lo que comenzó a ser claro para mí fue que en lugar de preguntar qué me haría ganar más dinero o me daría más "éxito", las preguntas correctas eran: ¿qué es lo que más anhelo? ¿Quién es la persona que se supone que debo ser? ¿Cómo puedo dejarme ser la herramienta de Dios?

Ahora sé lo que está pensando, ¡Qué astuto era a los ocho años de edad! Es posible que estas ideas estén representadas más claramente que cuando ocurrieron en ese momento; sin embargo, Dios ciertamente se movía dentro de mí y me llamaba a conocerlo mejor. Al mismo tiempo, durante el segundo grado, nuestras clases de religión habían pasado de memorizar oraciones básicas a empezar a enfocarse en nuestra primera Comunión.

Nos estaban enseñando algunas ideas muy intensas ("Este es el cuerpo y la sangre de Jesús"), que me exigía más fe, devoción y atención. Y para ser honesto, este sacramento marcó la primera vez que me encontré con el Señor. Recuerdo que la noche de mi Primera Comunión y varias de mis siguientes recepciones del Santísimo Sacramento, tuve que tratar de contener mi sonrisa.

Y así, a esa edad madura, sentí el llamado del Señor y decidí (en la medida que niños de ocho años pueden tomar decisiones sobre estos asuntos) que haría de mi vida un sacerdote, con todas las nociones inocentes e idealistas que acompañan una fe joven.

Como todos saben, nuestra fe debería madurar con el tiempo. La mía ciertamente lo ha hecho. Pero he intentado aferrarme al deseo de hacer la voluntad de Dios lo mejor que pueda. Y la alegría del Señor, la alegría que me hizo sonreír esa noche hace años, se ha mantenido constante, dándome la fuerza para seguirlo a pesar de algunos desafíos.

El último año de la preparatoria fue el más difícil en la búsqueda de mi vocación hasta ahora. Me enfrenté con la oportunidad de seguir los caminos de todos mis amigos. Sinceramente, yendo por un "camino menos pisado" puede ser muy difícil. Requiere aferrarse a lo que uno sabe que es fundamentalmente verdadero, y mucha confianza en Jesús. Pero el apoyo de mi parroquia y de los católicos en toda la diócesis, especialmente mediante su oración, hacen que este camino espiritual sea posible.

El apoyo de mis hermanos seminaristas también es increíble. En parte, esperaba que fueran ultra-piadosos, pero como seminaristas, en realidad, no somos más que hombres comunes que permiten que un Dios trabaje extraordinariamente en ellos y a través de ellos.

Con todo eso, siento que necesito recordarme a mí mismo que el camino que tengo ante mí apenas ha comenzado. Seguramente habrá años de alegrías, pero también dificultades que tenemos por delante. A los parroquianos del Santísimo Sacramento, mi parroquia natal y al pueblo de esta diócesis: por favor oren por mí y por todos nuestros seminaristas, y tengan la seguridad de nuestras oraciones por ustedes.