2023 — Filosofía IV

John Paul Hartnedy, Iglesia de San Eduardo, Little Rock

Atiende el Colegio Seminario de la Concepción en Conception, Missouri

En realidad, mi camino vocacional es una historia de amor, y creo que, también, esto es la verdad para cada uno de nosotros. He llegado a esta conclusión de esta manera: Por toda la eternidad, Dios nos dice, "Te amo," y luego, en un momento fijo, él nos da la vida para que podamos escuchar su voz y luego decir, "Yo te amo también."

Para mí, eso es el significado y el propósito de nuestras vidas: ser amados por Dios y en cambio, amarlo a él. Cumplimos con el propósito de nuestras vidas en maneras más específicas a través de nuestras vocaciones únicas. ¡Es toda una historia de amor!

Para mí, la primera vez que sentí el amor era el amor de mi familia. Recuerdo cómo mis padres me enseñaron a rezar el rosario, cómo compartir con mi hermana, y cómo ser respetuoso con otros. Tratamos de cenar juntos en familia con frecuencia, y pasamos el rato riendo y conversando.

Además, mis padres fueron testigos de amor porque vi cómo trabajaron para amarse uno al otro. Algunas noches después de la cena, cuando hacía buen tiempo, mis padres salían a caminar por el vecindario. Yo los observaba a través de la ventana desde mi habitación, tomados de la mano, platicando y disfrutando de la compañía mutua.

Sin embargo, mi familia no es perfecta y a veces discutimos y no nos amamos. Así como se puede tocar un horno caliente, y aprender que está caliente, igualmente las experiencias negativas me enseñaron a amar, aunque no eran ejemplos ideales de la vida familiar.

Aprendí una lección muy importante de mi papá sobre el amor. Cuando estaba en el segundo grado,  justo cuando mi mamá me iba a dejar en San Eduardo para ir a la escuela, mi papá la llamó por teléfono y le pidió hablar conmigo. Él me pidió perdón por haber alzado la voz temprano esa mañana, me dijo que trataría de trabajar con eso, y que él me ama.

En esa conversación corta, mi papá me enseñó que vale la pena luchar por el amor. Dios siempre nos está llamando a crecer en la manera que amamos. Él quiere que amemos como él ama: completamente — en una manera que incluye todo nuestro ser. Mi papá me enseñó cómo ser suficientemente humilde en admitir errores y pedir perdón en el proceso de aprender a amar más plenamente.

El amor que sentí en mi familia formó una base de candor para mi relación con Dios. Mientras crecía, fui atraído a la vida de la Iglesia a través de la oración y de la adoración de Jesús en el Santísimo Sacramento, lo cual me llevó a servir como monaguillo y participar en el ministerio juvenil.

Sin embargo, las experiencias del amor que eran las más íntimas y que me cambiaban la vida llegaron desde los sacramentos, especialmente la Eucaristía y confesión. Al recibir a Jesús en la Eucaristía, me di cuenta de lo mucho que soy amado. Dios quiere estar conmigo tanto que él oculta su gloria y se ofrece humildemente de una manera que puedo recibirle: como alimento.

Pensando que puedo tener a Dios en mi lengua o en mis manos me inspira mucho, y me recuerda a hacer lo mejor que puedo para preparar mi corazón a recibirle, cuyo amor es sumamente personal. A medida que la Eucaristía intensifica mi capacidad de amar a Dios y a otros, así también la confesión me purifica el amor, permitiéndome amar a otras personas más bien por quienes son, como hijos de Dios, y no por cómo me agradan.

Esta historia de amor me dirigió directamente después de terminar la preparatoria al seminario para discernir el sacerdocio. Siguiendo el consejo de un sacerdote, me acostumbré a tomar unos momentos cada día para sentarme en silencio con Jesús en oración. Este tiempo tranquilo me abrió el corazón, y lo hizo crecer, familiarizando más con su presencia, y lo hizo más dócil a los deseos que él puso en mi corazón.

La decisión de irme al seminario tan pronto que me gradué de la preparatoria era muy difícil porque en lugar de recibir un gran signo de Dios, lo discerní por unas miles de pequeñas indicaciones. ¿Qué es lo que me llena de alegría? ¿Cuándo me siento más satisfecho? ¿Qué me apasiona?

Al final de la preparatoria, elegí irme al seminario, tomando una decisión informada con fe, confiando en que el Dios quien me ha amado hasta ahora me haría saber más completamente cómo quería que lo amara cuando llegara el momento.

Desde entonces, he llegado a comprender que los pequeños actos de amor son los que llevan a los más grandes, y que el amor a Dios se hace en el momento presente, ahora mismo, no en el futuro. Ser sacerdote es lo que  pienso que Dios me está llamando a decir, “Yo también te amo”.

Por estar con otros que tienen necesidades, admitiendo mis errores y pidiendo perdón, discerniendo la voluntad de Dios a través de las pequeñas cosas, y un día por la gracia de los sacramentos, puedo vivir de una manera que permita a los demás escuchar con mayor claridad el “Te amo” de Dios, y les dé la oportunidad de decir, “Yo te amo también."