Teología IV

Dc. John Paul Hartnedy, Iglesia de San Eduardo, Little Rock

Atiende el Seminario de la Asunción en San Antonio, Texas

Discernir el sacerdocio para mí ha sido un proceso gradual de confiar en Dios. Desde muy temprana edad, recuerdo admirar al sacerdote en mi parroquia natal y queriendo hacer lo que él hacía. Ese deseo se fortaleció en mi primera Comunión y en el ejemplo de oración de mi familia.

Me enseñaron cómo amar y ser amado, nutrir una relación con Dios, y crecer viviendo mi fe. El fundamento que recibí de mi familia me permitió estar abierto a discernir un llamado al sacerdocio, incluso frente al miedo, las dudas y lo desconocido.

En la preparatoria, comencé a discernir activamente el sacerdocio, orando acerca de si Dios me estaba llamando a ingresar a seminario después de graduarme. Fui abierto con mis padres sobre esto, y también busqué el conocimiento de un sacerdote, un maestro y algunos amigos cercanos. Luché con la incertidumbre y los miedos, y me preocupaba cuál sería la mejor decisión.

Lo que me ayudó inmensamente entonces (e incluso ahora), fue que comencé a pasar tiempo regular en oración silenciosa la mayoría de los días. Con este hábito, aprendí a confiar en Dios conmigo mismo; todos mis miedos, esperanzas, dolores, alegrías y experiencias. Aunque todavía carecía de claridad en cuanto a mi discernimiento, recibí una amistad cada vez más profunda con Cristo.

Entré en el seminario después de la preparatoria, confiando en que las pequeñas pero consistentes indicaciones de la acción de Dios en mi vida me estaban guiando en esa dirección. Desde entonces he pasado siete años en formación, y me queda uno. El proceso de discernimiento continúa, pero con el tiempo se ha profundizado.

En el discernimiento sacerdotal y en todas las vocaciones, la oración es central: pasar tiempo diario con el Dios que más nos ama. La oración enfoca el día, prioriza las responsabilidades, trabaja a través del dolor y la pena, trae paz y me permite amarme a mí mismo y a los demás un poco más plenamente.

Además, parte del discernimiento es aprender cómo Dios me ha creado para amar y qué me trae alegría duradera. En este sentido, las vocaciones son únicas de las carreras o de los trabajos en que las vocaciones hablan no sólo de lo que hago, sino también de lo que soy; mi propósito central en la vida, cómo amo mejor, y lo que me satisface plenamente.

¡El discernimiento, por lo tanto, es esencial! En el seminario, sigo aprendiendo que el amor y la transformación van juntos. Dios me llama como soy, pero él me ama demasiado para dejarme como soy. A través de encontrar a Dios en oración y en ministerio con otros en estos últimos siete años, he encontrado la realización y la alegría que son consistentes, incluso en los días desafiantes.

Esto es especialmente cierto después de mi ordenación diaconal. Como diacono, Diose me está llamando a amar como él lo hace: para derramarme en servicio a los que me rodean. Cuando me vacío y permito que Jesús me ame a mí y a su pueblo a través de esos encuentros, crezco en libertad y alegría.

Al aproximarme a la ordenación sacerdotal, reconozco que no es el fin del discipulado o el discernimiento de los movimientos del Espíritu Santo en mi vida, pero es otra invitación a seguir más de cercas al Señor: aprender a amar como él lo hace. Sigo dando gracias a Dios por el apoyo y la guía que me ha proporcionado a través de muchas personas, y le pido que siga haciendo mi corazón como el suyo para amar y servir fielmente como él desea.

Si desea comunicarse con Dc. John Paul Hartnedy, por favor envíe un correo electrónico a Georgina Pena en la Oficina de Vocaciones o llámela al (501) 664-0340. Este artículo fue publicado el 8 de agosto de 2022. Derechos de autor Diócesis de Little Rock. Todos los derechos son reservados. Este artículo podrá ser copiado o redistribuido con reconocimiento y permiso del editor.