2028 — Filosofía I

James Freeman, Iglesia de San Juan, Russellville

Atiende la Casa de Formación en Little Rock

El Señor definitivamente ha estado convocando a mi corazón por un tiempo, con respecto a mi llamado al sacerdocio. Crecí en un hogar que fomentó mi fe católica. Las realidades del catolicismo se manifestaron al hablar a menudo de la fe y al exhibir obras de arte religiosas por toda la casa. Al analizar el pasado, veo muchos ejemplos de Cristo llamándome a su sacerdocio.

Cuando era joven, mis hermanos y yo jugábamos "Misa" con bastante frecuencia. Nuestra madre nos ayudaba a hacer las "hostias" de rebanadas de pan cortadas en círculos perfectos usando vasos de diferentes tamaños; el vaso grande era para el sacerdote y el pequeño para la congregación compuesta de mi madre y mi hermana. Mi hermano menor y yo nos turnábamos para ser sacerdote o monaguillo.

Después de mi primera Comunión, recibí un misal personal para niños, que incluía las palabras utilizadas por el sacerdote y la congregación. Esto me ayudó a comprender aún más profundamente lo que realmente sucede en el sacrificio de la Misa. Aunque jugaba "Misa" en casa, no me convertí en monaguillo hasta quinto grado.

Una vez que mi hermano recibió la primera Comunión, quiso ser monaguillo, pero no lo haría sin que yo lo intentara con él. Un poco renuente lo acompañé en el próximo entrenamiento de monaguillos; el resto es historia.

El mejor regalo que me dio mi hermano fue ayudarme a descubrir las bendiciones de ser un monaguillo. Desde ese punto hasta mi último año de preparatoria, serví casi todos los fines de semana, todos los días santos de obligación y los días santos sin obligación. Aprendí mucho de los sacerdotes con los que crecí. Cada uno de ellos me ayudó a comprender mi llamado al sacerdocio (sin que yo lo supiera).

La gente de mi parroquia también trabajó para mostrarme los aspectos que tenía de lo que muchos llaman ‘un corazón sacerdotal’; algunos más directos que otros. Nunca me sentí presionado, y ahora estoy agradecido por las amables observaciones, así como por las muchas oraciones que compartieron por mí.

Hasta que llegué a la secundaria y especialmente a la preparatoria, no me había dado cuenta de que Dios posiblemente me estaba llamando a una relación más profunda con Él. Comencé a asistir a conferencias locales de jóvenes ofrecidas por la diócesis y otras entidades religiosas. Esas conferencias y mi propio programa de ministerio juvenil local me ayudaron a darme cuenta de que Dios deseaba más de mi vida, de lo que había planeado.

Diría que mi gran momento "ajá" (o para mí más como el momento en que dejé de tratar de formar mi propio plan sin dejar que Dios pasara tocando a la puerta de mi corazón) tuvo lugar durante uno de las múltiples conferencias juveniles a las que fui. Fue durante el verano en una Conferencia Juvenil de Steubenville Mid-America, que "escuché a Dios fuerte y claro" como muchos dirían. Excepto que yo no lo describiría como fuerte y claro.

Nos estábamos acercando al momento de la bendición, durante lo que muchos llaman el tiempo de adoración de la conferencia, y el equipo de adoración estaba cantando una hermosa canción. Esta conferencia en particular tuvo miles de adolescentes presentes dentro de una arena. Entonces, mientras estábamos más tranquilos de lo normal, ya que estábamos en adoración, no era un silencio total.

Estaba arrodillado al fondo de la arena, con una vista frontal completa del altar desde la sección de mi grupo, y estaba escuchando más la canción, ya que no la sabía. La letra se desplazaba por la parte superior de las pantallas del proyector, detrás del altar, en el extremo opuesto de la arena. De repente, mi mundo se quedó en silencio, solo pudiendo escuchar el sonido amortiguado del líder de la canción, el piano y los estudiantes a mi alrededor. Al principio tenía miedo, pensando que me había roto un tímpano o algo así.

Sin embargo, el miedo pasó casi instantáneamente. Sentí un calor, una calma, una paz me envolvió. Luego escuché al líder de adoración cantar la única palabra elegida, tal como apareció en la pantalla del proyector. Ese mismo segundo todo se calmó. Mi entorno se oscureció y me fascinó mirar la palabra elegida. En ese momento sentí a Dios, con una voz/presencia poderosa, pero suave. Como si supiera que trataría de dudar de mi experiencia, escuché las palabras, "Eres elegido hijo mío" que me habló.

A lo largo de los últimos años, había estado orando, pero también ignorando a mi manera lo que había sido un llamado al sacerdocio. En ese momento, con Cristo ya físicamente presente en el salón, en la hostia consagrado en la custodia, me dio una de las experiencias más poderosas y hermosas que he tenido. Creo que Dios, en su persona Paterna, me había hablado esa noche, confirmando lo que sentía que su Hijo había estado pidiendo que hiciera, y ahora no había forma de ignorarlo. Me tomó un par de años más hasta que finalmente di el paso de ingresar al seminario.

Lo hermoso de la forma de trabajar de Dios es que no te obligará a hacer nada que no quieras. Se entrega completamente a nosotros, solo si lo aceptamos. Incluso al tratar de formar mis propios planes, Dios se abrió un paso en ellos y me ayudó a finalmente pedirle que tomara el control de mis preocupaciones y siguiera sus deseos. Aquí estoy ahora, haciendo algo que todavía no puedo creer que pueda hacer.

Sin embargo, estoy lejos de la ordenación, por lo que le pido a cualquiera que lea esto que me mantenga en sus oraciones mientras me preparo para ser un mejor servidor de la Iglesia. ¡Ruego que la bendición de Dios sea con todos ustedes! ¡Definitivamente Él ve lo que hacen sus hijos aquí en la Diócesis de Little Rock!

Si desea comunicarse con James Freeman, por favor envíe un correo electrónico a Maria Izquierdo-Roque en la Oficina de Vocaciones o llámela al (501) 664-0340. Este artículo fue publicado el 1 de julio de 2020. Derechos de autor Diócesis de Little Rock. Todos los derechos son reservados. Este artículo podrá ser copiado o redistribuido con reconocimiento y permiso del editor.